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jueves, diciembre 13

Quién es el Filosofo

En el Lysis se da la definición más conocida del filosofo, o en todo caso la literal, como aquel que no siendo ni bueno ni malo, es amante de la sabiduría, mientras que los que son malos y los que ya son buenos no lo son.

Inmediatamente después de haber dado la definición del filosofo, Sócrates se congratula de haberse comportado como un buen cazador, quien no aviva a la presa, de acuerdo a como le había enseñado a Hippothales que deben ser los discursos sobre el objeto amado.
La relación entre estas dos partes del dialogo nos permitiría suponer que, al igual que Sócrates le enseño como tratar al amado, con humildad y disminuyéndolo de manera de quitarle la vanidad, lo mismo ha hecho Sócrates con la sabiduría, pues qué otra inferencia se puede obtener del dialogo con Lysis y Menexenus si no es que no podemos poseerla, y más aún, declarándonos amigos o amantes de ella no sabemos todavía si es ella nuestra amiga o la más terribles de los enemigas.

Lysis

El argumento del Lysis sería algo así:

Si no puede haber amor sin serle útil a quien ama y a la vez, la amistad es una posesión, entonces resultaría que no puede haber amor.

El resultado de la paradoja nos obliga a recurrir a los poetas primero, como Homero o Hesiodo, y también a quien, según Nietszche, al menos en alguna de las intempestivas, considera el filosofo que todavía no ha podido ser superado, Empedocles. En el camino, además de las intuciones poeticas, nuevas premisas serán levantadas para salvar a la amistad.

El dialogo alcanza, no ya una definición de la amistad, sino una definición de lo que es el deseo. Debemos suponer que esta no es la palabra final de Platón acerca del tema sino su introducción.
La última definición, recibida por Sócrates en inspiración divina es que el amante es amigo de los bueno y bello, siendo el amante ni bueno ni malo. No obstante, la propia definición del hombre virtuoso no puede evitar que, si la amistad debe ser útil, es condición la existencia de un último mal que justifique la elección del bien como amigo.
El último intento Platón se permite explorar una alternativa extraordinaria, qué sucede si abolimos todo los males. El argumento que se sigue tiene una estrecha relación con la discusión de la igualdad o diferencia entre la justicia y lo apropiado, pues resulta ahora que, abolidos los males, y habiendo reemplazado lo semejante por lo apropiado a nuestra naturaleza, que se sostendría solo si podemos encontrar que estos son distintos, entonces el hombre, que es deficiente no podría ser amigo de la sabiduría, como lo indica el silencio de Lysis.

miércoles, diciembre 12

La Aporía en Alcibiades

Nos encontramos con un efecto aparentemente paradójico, el efecto necesario de este estado de perplejidad es el temor y la angustia, sin el cual no nos ocuparíamos de nosotros mismos con el objetivo de vernos mejorados. Ciertamente a Alcibiades no le fue suficiente darse cuenta de la perplejidad sino que Sócrates tiene que recurrir a todo tipo de comparaciones con sus potenciales antagonistas para demostrarle que, en lo que se refiere a los posesiones que le permitiría a Alcibiades superar a sus oponentes y gobernar sobre todos, helenos y bárbaros, los atenienses no tienen nada más que su conocimiento, estando este por debajo del nivel del de Zarathustra, así como en las demás virtudes.

La inferioridad de los Héllenos y en particular de Alcibiades solamente puede ser superada, continuando con el intento de persuasión de Sócrates, por la inscripción Delphica “conócete a ti mismo”. El primer intento resulta en un nuevo fracaso, pues del conocimiento que tenemos no podemos inferir siquiera si aquello que permitiría mejor ordenar y preservar a la ciudad, teniendo en cuenta que si el objetivo es gobernar a las personas, no podemos dar cuenta si se lograría a través de la amistad y el acuerdo o por algún otro medio. El fracaso deriva en la necesidad de realizar un paso previo, sólo apto para aquellos que están todavía en la edad de hacerlo, que es hacerse cargo de uno mismo, presumiblemente a través de perfeccionarse a uno mismo, lo que nos lleva a la pregunta qué es el hombre como el único camino, sea posible o no contestar la pregunta, para saber gobernar a los demás y saber hacerse cargo de las posesiones de uno.
Del hombre, cabrían dos posibilidades – haciendo caso omiso a que todavía no sabemos que es lo que verdaderamente es existente – o el hombre no es algo que exista o es el alma. Pero no tenemos otra vía de acceso al alma que mirando, cual espejo, a las almas de los otros. No a otras personas ni al mundo en su conjunto sino solamente a la parte que se asemeja a lo divino, a la parte del alma en donde residen las virtudes del hombre.
Si el conocerse a uno mismo es la sabiduría, entonces el único camino a la felicidad es la sabiduría y la bondad, y el poder impartir virtud a los demás. El camino contrario, el de los mayores males es el que tiene poder pero a la vez es ignorante y es precisamente por que es esclavo de su ignorancia, que no es libre. Pero la sabiduría no requiere del poder tiránico, pues se puede tener poder y sin embargo ser ignorante. Y si el conocimiento es parte de ser sabio, sólo aquel es capaz de actuar de la manera más perfecta.


Alcibiades I

El dialogo narra la conversión de Alcibiades, de ser el amado de Sócrates a volverse el amante de Sócrates. La conversión es equivalente a tener como meta la sabiduría en oposición al poder, pues el poder, sin la guía del conocimiento muy probablemente termina en el fracaso, traicionando nuestra propia meta. Cómo Sócrates logra la conversión de Alcibiades es persuadiéndolo de la utilidad para él, de la asistencia de Sócrates. Es más, no de la asistencia sino de la necesidad de que Sócrates tenga absoluto poder sobre Alcibiades para que este logre su cometido, a la vez con la ayuda divina de Dios.
La conversión de Alcibiades se logra después de un primer fracaso y de una primera victoria que, pareciera ser, deja insatisfecho a Sócrates. El primer fracaso quiere transformarlo en una victoria por la burla a Alcibiades, el cual no se deja engañar. La primera victoria de Sócrates llega cuando, una vez más, interroga a Alcibiades acerca de la justicia y le muestra que la razón de las guerras y en particular, de la muerte de su padre, se deben a diferencias entre los hombres acerca de qué es la justicia, que constituye a su vez el tema tratado en las dos obras de Homero.
Cabe mencionar que al igualar la política a los demás artes como la gimnasia o el tocador de flauta, Sócrates ha introducido una distinción entre sabiduría y conocimiento. Por ahora alcanza con decir que tiene conocimiento sobre una materia aquel que ha aprendido o descubierto por si mismo la técnica o arte sobre el dominio en cuestión, y que quien mejor domine dicho conocimiento será el más excelente en el campo, pudiendo aconsejar a los demás que, reconociendo su ignorancia, recurren al experto.
Pero en la política nos damos cuenta de un fenómeno aparentemente contradictorio. Mientras que en cualquier arte uno recurre a quien es considerado el experto, en la política todos se creen con derecho de aconsejar al demos sobre lo que hay que hacer. Más aún, mientras que uno reconoce que no sabe aquello que efectivamente no sabe, ningún mal puede sucederse de recurrir a un experto, pero de la política, en donde participan quienes creen saber aquello que no saben, se siguen los mayores males. Considerando que cualquier persona comienza a actuar cuando tiene o cree tener conocimiento sobre la materia, el mejor consejero será aquel que demostrando la ignorancia de los demás, logre detenerlo antes de que comience a actuar. En consecuencia, el efecto práctico de la perplejidad es poder evitar los males, también el peor de los males, aconsejar sobre la conveniencia de la guerra y la paz, no sólo cuando es mejor sino también cuándo y por cuanto tiempo o hasta cuando conviene seguir una política especifica con un extranjero.
Sócrates identifica tres posibilidades y omite otra. La primera y peor de todas es, como decíamos, aquel que no sabe y cree saber, de quien se siguen todos los males. Las otras dos identificadas son aquel que no sabe y considera que no sabe, del cual ningún mal puede seguirse, y una tercera que es aquel que sabe. El que sabe puede saber que no sabe y está como en el caso anterior, este es su conocimiento, o efectivamente conoce y por lo tanto puede ser consejero de los demás. El caso omitido es aquel que sabe y no cree saber, del cual, presumiblemente, no podrían seguirse males pues se abstendría de actuar, pero tampoco bienes, pues pudiendo actuar honorable o correctamente, no lo hace.